Capítulos 1 y 2
Capítulo 1
Krapina (actual Croacia),
30.000 años a.C.
Hacía ya tiempo que el grupo se había puesto en marcha, coincidiendo con el despuntar del alba. Era mucho lo que había en juego y excesiva la responsabilidad que recaía sobre ellos.
El día amaneció cálido y soleado, evidenciando los primeros síntomas del incipiente verano, lo que propició que los árboles se mostraran exuberantes, aunque sin alcanzar el verdor que más tarde, ya avanzada la estación, adquirirían.
A medida que avanzaban una extraña sensación de euforia se vio reflejada en sus rostros al vislumbrar las zonas de pasto donde los animales, ajenos al peligro que corrían, retozaban confiados.
Hacía más de dos días que habían abandonado la seguridad de la cueva para ir al encuentro de las grandes manadas de bisontes y ese momento había llegado.
El grupo realizó una maniobra envolvente, transmitida de generación en generación, destinada a apartar a la pieza seleccionada del resto de la manada para abatirla.
Logrado su objetivo, los momentos posteriores a la matanza fueron de silencio y quietud. Habían perdido a un miembro del grupo, corneado por el astado, debido a una acción imprudente y temeraria fruto de su inexperiencia, pero la cacería había sido todo un éxito. La comida para su gente estaba asegurada y con esta su supervivencia.
Fue el líder quien introdujo su machete en el cuerpo de la bestia, extrayendo su hígado, aún caliente, mientras el resto le observaba.
Le dio un mordisco a la víscera, e introdujo un gran trozo de carne en su boca. El calor lo reconfortó, al tiempo que sentía como el poder y la fuerza del animal penetraba en su interior, haciéndole recobrar todas las energías perdidas durante la cacería. Una vez se sintió satisfecho, entregó el resto a sus compañeros para que también fuesen partícipes del éxito y pudiesen revitalizarse.
El grupo permaneció sentado unos minutos mientras acababan de saborear aquel manjar.
Transcurrido un tiempo, Zoon profirió un gruñido, atisbo de una futura palabra. Moviendo los brazos, realizaba gestos que todo el grupo comprendía. Rápidamente todos se dedicaron a despedazar a la presa para poder hacer más fácil su transporte.
Eran conscientes de que tenían que darse prisa, pues era cuestión de tiempo que los carroñeros olieran su captura y, como consecuencia, toda la zona se vería infectada de alimañas.
Mientras la despiezaba, algunos sentimientos se abatieron sobre él. Sin saber por qué, no conseguía quitarse de la cabeza la imagen de su hijo fallecido debido a la terrible embestida y eso era algo que no alcanzaba a comprender, ya que era normal que en las cacerías se perdiesen unidades. Así había pasado desde tiempos remotos y así seguiría pasando.
El sol empezaba a decaer cuando acabaron el trabajo. Todas las partes del animal se almacenaron en sus rudimentarios aperos, dispuestas a ser trasladadas a la cueva, donde serían aprovechadas y utilizadas de las más variopintas formas.
Como era preceptivo, encabezó la partida, seguido de cerca y en fila, por el resto del grupo. El ritmo fue más pausado debido a la carga, pero sus fuertes piernas estaban acostumbradas y soportarían fácilmente la caminata.
Al cabo de unos metros se percató de que tenían que pasar por donde se hallaba el cadáver de su hijo, que permanecía desangrado en la misma posición en la que el bisonte lo había dejado. Ningún miembro del grupo se había acercado al difunto, ya que sabían que la cornada era mortal y, si no lo hubiera sido, también habría sido imposible poder transportarlo; así que, haciendo gala de un sentido práctico extremo, decidieron ignorarlo, centrándose en menesteres más necesarios.
Zoon pasó a dos metros del cuerpo del muchacho, al tiempo que levantaba la vista mirando al frente, intentando buscar la vía más rápida que les sacara de aquella llanura. Uno a uno, fueron pasando todos al lado del cadáver sin prestarle mucha atención.
Al cabo de unos minutos, cuando la figura del último de los componentes se perdía ya en el horizonte, el negro aletear de los buitres empezó a hacerse patente al revolotear alrededor de su pieza en macabra danza.
Cuando llevaban menos de quinientos metros recorridos, Zoon se detuvo. Dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Se dirigió al lugar donde se encontraba el cuerpo inerte de su hijo, mientras el resto se preguntaba qué sería lo que pretendía hacer.
Los pensamientos se agolpaban en su mente, la decisión adoptada era algo totalmente novedoso y lejos de las costumbres más ancestrales. La norma era seguir y abandonar a los muertos. ¿Qué otra cosa podían hacer? Una vez dejaban de respirar eran como los animales abatidos, ya no servían para nada, así que lo mejor era desentenderse de ellos.
De todas formas había tomado una decisión y como jefe del grupo nadie la iba a rebatir.
Una vez estuvo al lado del cadáver, ordenó al resto que se acercara. Empezó a cavar, y comprobó que la tierra salía fácilmente. Con claros gestos de impaciencia, apremió al resto a que le imitaran. Poco a poco empezaron a comprender cuál era su propósito.
Cuando la fosa estuvo acabada, cogió el cuerpo del muchacho y lo depositó con cuidado en su interior, mientras los demás se miraban unos a otros intentando encontrar un significado a todo aquello.
De inmediato comenzaron a cubrirlo de tierra, pero fueron interrumpidos por el miembro de mayor edad que, con delicadeza depositó una lanza entre los brazos del fallecido. Al momento todos supieron que aquel utensilio pertenecía al muchacho y asintieron dando su conformidad aun siendo difícil de aceptar, pues era una herramienta muy valiosa, pero como todo lo que estaba ocurriendo allí aquel día era excepcional, una cosa más no tendría excesiva relevancia.
Entre todos se ocuparon de tapar el cuerpo hasta quedar totalmente sepultado.
Cuando hubieron acabado, se pusieron en marcha sin volver la vista atrás.
Zoon, en cabeza, meditaba sobre lo que acababa de suceder.
Recordaba que al oír el revoloteo de los buitres algo en su interior le dijo que no podía dejar el cadáver de su hijo a la intemperie para que los carroñeros lo devoraran y se le ocurrió que enterrándolo entorpecería la labor a esos detestables animales, lo que no conseguía comprender era por qué Ran, el de mayor edad, había depositado la lanza del muchacho en el interior de la fosa.
Eso era algo que, por la noche, al calor del fuego, intentaría que le explicara.
Capítulo 2
Hamburgo, 2040 d.C.
Los destellos eléctricos remarcaban en el horizonte las siluetas de los edificios más emblemáticos de la ciudad, que pronto serían de nuevo engullidos y privados de su efímera exhibición por la torrencial lluvia que, pertinaz, caía desde hacía más de dos días sobre la zona norte de Alemania.
Desde su privilegiada posición, en el confortable asiento posterior de su Mercedes, Herr Bergmann aún podía distinguir, a través de la cortina de agua que barría las ventanillas, las siluetas de numerosos viandantes en busca de un cálido y seco refugio.
Lentamente y con la resignación adquirida a lo largo de los años, su chofer consiguió abandonar el enorme atasco que colapsaba todas las arterias del centro histórico de la ciudad para, por fin, adentrarse en el aparcamiento que daba acceso al bloque de oficinas donde radicaba su empresa.
Minutos después se encontraba a solas en la inmensidad de su despacho. Observó a través de sus amplios ventanales como el tenue color del río se difuminaba con el cielo plomizo, absorbiendo cualquier atisbo de luz.
Su despacho estaba situado en la parte norte del Hafencity, separado del resto de la ciudad por el Zollkanal, uno de los numerosos canales con los que el Elba obsequiaba a la majestuosa ciudad de Hamburgo. Desde allí lograba divisar toda la ciudad.
Situado en el punto más céntrico, todo el casco antiguo y la parte norte se ofrecían ante él, podía contemplar la cúpula de la iglesia de Sta. Katharinen, así como lo que quedaba de la de St. Nikolai. Más a la derecha el Rathaus1 se alzaba imponente a orillas del Binnenalster
que aún conservaba las esencias del siglo XIX, a pesar de que sus edificaciones habían sufrido numerosas reconstrucciones.
El deleite de aquella visión le llevó a pensar, mientras escuchaba el tintinear de su teléfono, que el día le depararía buenas noticias.
—Herr Bergmann, tiene una comunicación del señor Tom Hale desde Nueva York.
—Gracias Katja, pásemelo por favor
Al cabo de unos segundos, la figura de Tom apareció nítida ante sus ojos dando la sensación de encontrarse realmente sentado enfrente de su mesa.
—Frank, lo tenemos.
— ¿Estás seguro?
—Sí, lo estoy. Ayer mismo el ordenador encontró la clave para empezar a utilizar el algoritmo de descifrado, y créeme, no ha sido nada fácil, pero a partir de ahí, la información ha fluido en cascada. No he querido llamarte hasta tener todos los datos confirmados.
— ¿Puedes avanzarme algo?
—No, Frank, no por conferencia virtual. No me fío, por muy encriptado y seguro que sea el sistema. Solo puedo decirte que te sorprenderás mucho.
Cuando la transmisión finalizó, Herr Bergmann aprovechó para recostarse sobre su asiento, girando el sillón hacia su derecha unos noventa grados. Pudo de nuevo paladear el paisaje que se ofrecía
antes sus ojos, mientras los primeros rayos de sol, suavemente, empezaban a filtrarse a través de los edificios, acabando con la tiranía plomiza de las nubes y dando, por fin, protagonismo a la luz que, agradecida, se ofrecía a enaltecer las cúpulas de las antiguas edificaciones, confirmando su sensación de que aquella era una maravillosa ciudad donde vivir.