Prólogo
Prólogo
Londres, 30 de agosto de 1941
La ciudad había amanecido soleada y espesa. La calima se había apoderado de la capital como si quisiera asfixiarla. Conforme se acercaba la hora del desfile, un manto de amenazantes nubes trepaba desde la costa siguiendo el curso del Times hasta aferrarse al núcleo urbano.
Al atardecer era ya evidente que se acercaba una tormenta. El eco de los relámpagos en el horizonte y la brisa cálida que barría las calles lo anticipaban, pero la inminente lluvia no impedía que las aceras estuvieran abarrotadas de londinenses ondeando banderolas con la esvástica nazi.
Serían las cuatro de la tarde cuando un murmullo comenzó a propagarse como una mecha ardiendo a lo largo de Birdcage Walk, la avenida que conectaba el parlamento británico con el palacio de Buckingham.
De repente, enormes cestas de mimbre repletas de flores comenzaron a descargarse de los camiones que abrían paso a la comitiva, mientras los soldados alemanes obligaban al público a acaparar la mayor cantidad de pétalos posibles para que los lanzara al paso del Führer.
Con premeditada parsimonia, el Mercedes 770 del dictador alemán circulaba por la avenida precedido de una apabullante parada militar, donde más de mil cornetas y tambores abrían una comitiva que continuaba con un sinfín de tropas marchando con piernas estiradas y rodillas rígidas creando un asombroso despliegue dinámico.
Cada unidad portaba su estandarte identificativo que casi siempre estaba inspirado en imágenes de águilas, cruces gamadas y símbolos teutónicos que incitaban a la guerra y que ayudaban a alimentar la estética nazi y el ejercicio del terror.
En contraste, pero con premeditada predisposición, la figura enjuta y quebradiza de Adolf Hitler era la última en desfilar. Circulaba solo, separado de sus tropas, observando y saludando como culmen de una atmósfera sombría donde su poder se mostraba intimidante e incuestionable.
Resultaba innegable que estaba disfrutando el momento.
Donde el resto de los mortales veían el palacio de Buckingham o las explanadas de St.James´s Park, él observaba la majestuosa puerta de Ishtar en Babilonia, revestida de azulejos esmaltados con figuras de dragones y toros alados junto a sus jardines colgantes disimulados
por plantas trepadoras. Las gaviotas, que gorjeaban impacientes por la incipiente tormenta, a él se le asemejaban faisanes traídos del Cáucaso y las palomas que revoloteaban a su alrededor las identificaba como pavos reales llegados desde la India.
A su paso, al igual que le ocurrió a Alejandro Magno, la calzada se cubría de un manto colorido de las más diversas flores con las que sus nuevos súbditos lo aclamaban. Por un segundo cerró los ojos y se sintió como el conquistador macedonio el día que hizo su entrada triunfal en Babilonia después de derrotar al emperador Darío III en la batalla de Gaugamela.
En París no pudo hacer ningún desfile pues la guerra aún no había finalizado, pero la decisión, en el último momento, de no atacar Rusia y centrarse en derrotar a Inglaterra había resultado un acierto estratégico. La conquista de Gran Bretaña ponía fin a tres años de conflicto y lo equiparaba al gran Alejandro.
Hitler, en una posición erguida, saludaba desde el Mercedes de más de seis metros de meticuloso blindaje y cinco toneladas de peso destinado a proyectar poderío y grandiosidad a todo el que lo observara. A medida que la fachada del palacio real se hacía más visible esa ilusión del jerarca nazi se tornaba real, mientras los londinenses eran obligados a gritar: Heil Hitler y a alzar la mano derecha para realizar el saludo fascista a su paso.
La atmósfera estaba cargada y el aire olía a polvo y a electricidad cuando la comitiva llegó a la plaza de Victoria Memorial, donde la figura de bronce dorado representando a la victoria alada sobre un globo terráqueo sostenía una enorme esvástica sujeta a la palma de su mano.
Ya en el palacio de Buckingham y molesto por la poca consideración que los dioses tenían con él al pretender estropear su desfile triunfal, se dirigió a toda prisa hacia el balcón donde le esperaba la multitud. Casi corriendo dejo atrás el salón de baile y la sala del trono hasta llegar a la puerta que daba al exterior.
Un imperceptible gesto fue suficiente para que Goebbels comprendiera que había llegado el momento de ordenar la apertura de la puerta del balcón. Al momento, una fanfarria era interpretada con brillantez por varias trompas y tubas destinadas a anunciar la salida del nuevo amo del mundo.
Cuando Hitler salió, un creciente y forzado murmullo se apoderó de la explanada, al tiempo que las primeras gotas comenzaban a caer pesadas como monedas. El Führer levantó la mano reclamando
silencio para poder hablarles, pero en ese momento la lluvia ya golpeaba con fuerza y la oscuridad parecía querer precipitarse de golpe sobre ellos. Su discurso se vio interrumpido por llamaradas de luz que estallaban en el horizonte dejando un rastro de vehementes detonaciones.
Resultaba imposible escuchar el discurso a pesar de que Hitler, completamente empapado, se esforzaba en el intento. Todos sus esfuerzos se vinieron abajo cuando un trueno descargó su furia como un animal herido sobre St.James´s Park, provocando que el suelo temblara y que la muchedumbre, aterrorizada, abandonara la explanada, a pesar de la resistencia de los soldados alemanes que se veían incapaces de detener aquella avalancha humana.
Ajeno al discurrir de los acontecimientos, Hitler seguía en estado de trance mientras proseguía con su discurso.
Ese día era la culminación de un sueño que comenzó a fraguarse muchos años atrás cuando intentaba sobrevivir en una trinchera del frente occidental en la Gran Guerra y se prometió a sí mismo devolver el esplendor perdido a Alemania.
Por fin, y gracias a su tesón y perseverancia, había construido un imperio destinado a perdurar más de mil años.
O quizás no.