Nota del autor
Nota del autor
Si estás ante este texto me imagino que es porque vas a empezar a leer mi tercera novela.
Todos los personajes que irán apareciendo son ficticios y las acciones que les ocupan, tan solo son fruto de mi imaginación y nada tienen que ver con la realidad.
No negaré que en esta novela he utilizado situaciones que me son conocidas y que, por mi situación personal, necesitaba exteriorizar.
Si no me conoces, te comentaré que en junio del 98 conocí a la que ahora es mi mujer, una joven odontóloga residente en Hamburgo que, junto a una amiga, pasaban una semana de vacaciones en el mismo hotel donde me alojaba en Marbella.
Yo acababa de separarme, entre otras cosas porque me sentía atrapado en un estilo de vida que me ahogaba. Intuía que ahí afuera había algo más y decidí romper con todo y empezar de cero.
No tenía ni idea de cómo iba a ser mi nueva vida y ni mucho menos, si podría compartirla con alguien.
Mis amigos y yo llevábamos dos días disfrutando de una semana de vacaciones en la Costa del Sol. Acabábamos de cenar y decidimos tomar algo en el bar del hotel antes de salir de fiesta cuando, de repente, apareció ella y enseguida supe que era lo que estaba buscando.
Era excesivamente guapa y sofisticada para un tipo como yo. No hablaba apenas español, pero me las apañé como pude para salir adelante. Quedé prendado de su personalidad, a pesar de que mis compañeros me decían que me olvidara de ella porque “jugaba en otra liga”, pero aquella evidencia todavía me motivó más.
Durante los siguientes días, seguí insistiendo: nos veíamos en la playa, tomamos un café en un chiringuito, vinieron de copas con nosotros, hasta que me contó que aquel viaje obedecía a una crisis que estaba pasando con su pareja y que,
para ordenar sus ideas y pensar en su futuro, se había tomado una semana de vacaciones en España.
El sábado, mi última noche, la convencí para que viniera a cenar conmigo. Aún recuerdo aquella velada en un restaurante italiano y como después se vino de copas con mis amigos para acabar los dos solos dando un paseo por la playa, donde conseguí un par de besos furtivos.
La acompañé hasta la puerta de su habitación y me volví a la mía con la tristeza de saber que ya no la volvería a ver nunca más, pero pasadas unas horas, y por sorpresa, mientras subía al taxi, ella acudió a despedirse.
Pasadas unas semanas recibí un fax desde Alemania. Me decía que había roto con su novio y me invitaba a pasar una unos días con ella en Praga.
No me lo pensé dos veces y a principios de octubre volé rumbo a la capital checa. En el avión pensaba: ¿Adónde vas, Alfredo Landa? Verás la que vas a liar si cuando llegues al aeropuerto no está.
Pero estaba.
Siempre la recordaré esperándome en la terminal de llegadas, enfundada en un tres cuartos negro, unos vaqueros que la estilizaban aún más y una sonrisa que me ha perseguido desde entonces.
Tenía un piso señorial, propiedad de sus padres, en el exclusivo barrio de Malastrana, cerca del Teatro Nacional a orillas del Moldava. La vivienda tenía los techos altos y moldeados con figuras de escayola típicas de finales del XIX. El artesonado se veía bien trabajado y el parqué sonaba cuando lo pisabas. También recuerdo un tocadiscos que posiblemente en los años setenta ya estaba pasado de moda, pero que sonaba divinamente, o por lo menos a mí me lo parecía cada noche, cuando nos sentábamos en el sofá a escuchar viejos vinilos de su padre.
Pasamos una semana de ensueño en esa ciudad que siempre llevaré en mi corazón. Estuvimos en la ópera, cenamos en un
restaurante acunados por la melodía de un piano, nos reímos en cafeterías, escuchamos jazz en un recóndito club y un amanecer brumoso paseamos abrazados por el puente de Carlos de camino a casa.
Una noche, en la cama, se me quedó mirando y con rostro serio me dijo que quería ir a España para vivir conmigo. Pensé que se había vuelto loca. No era coherente dejar una clínica dental, un trabajo ocasional como modelo y todo un círculo de amistades, para emprender una nueva vida.
El caso es que seis meses después, y hablando ya un perfecto español, lo hizo, y desde entonces vivimos juntos.
En el año 2003 organizamos en Benicasim en una preciosa ceremonia al borde del mar y nos casamos.
Aquellos fueron los años más felices de mi vida, pero aún no lo sabía. Tenía una mujer hermosa, inteligente y sarcástica, que me abría una puerta al mundo que siempre había estado buscando. Viajamos por toda Europa. Me presentó amigos en diversos lugares, como Múnich o Viena. Estuvimos en fiestas en Ibiza y en Hamburgo, que ni por asomo hubiera pensado vivir si no hubiera sido por ella.
En el 2005 decidimos trasladarnos a Hamburgo por motivos profesionales y desde entonces ha sido nuestro hogar
En el 2010 nació nuestra hija y nos compramos una bonita casa.
Todo iba demasiado bien.
Casi acabada la pandemia, mi mujer sufrió un derrame cerebral severo y desde entonces está impedida con medio cuerpo paralizado. No puede hablar, no puede caminar y tiene ciertos problemas cognitivos. Por suerte, es fuerte y poco a poco va mejorando, pero necesita de mi ayuda para todo, las veinticuatro horas del día.
Debido a eso, paso prácticamente toda la jornada en casa encargado de su rehabilitación y, mientras duerme, aprovecho para gestionar mi empresa, su clínica dental y, si queda algo de tiempo, lo empleo en escribir.
Todos estos meses de desasosiego me han hecho recordar con nostalgia nuestra vida juntos y el regreso de una incertidumbre, pues siempre he pensado qué hubiera pasado con mi vida si nuestra historia de amor hubiera finalizado en Praga, y como si de una catarsis se tratara, todos esos recuerdos y esas dudas, me han inspirado a escribir esta novela.
Conforme acababa los capítulos, se los iba leyendo. Siempre prestaba mucha atención y, cuando algunos pasajes le eran conocidos, sonreía; otras veces me miraba como diciendo que había exagerado un poco, pero en resumidas cuentas se podría decir que esta aventura que estás a punto de leer, la hemos escrito entre los dos.
En el lector queda averiguar qué pasajes están inspirados en mis vivencias y cuáles son solo fruto de mi imaginación.
Ella y yo lo sabemos.
Daniela, esta novela va por ti.
José A. Sánchez Zaragoza