Lectura de El Druida de Britania

Capítulo 1

CAPÍTULO 1

 

Gstaad (Suiza)

Enero de 1987

 

   La noche empezaba a caer sobre el valle que comunicaba los pequeños y pintorescos pueblos de Rougemont y Saanen. La nieve se había tornado ventisca, lo que impedía la visibilidad del autobús escolar que transitaba por sus angostas carreteras y que hacía ya una hora había partido desde el elitista y exclusivo colegio privado de Le Rosey, en la cercana localidad de Rolle, a orillas del lago Leman.

   Hacía más de media hora que deberían haber llegado a su destino en la ciudad de Gstaad, pero las condiciones meteorológicas, con aquella imprevista tormenta, les había trastocado los planes.

   El autobús avanzaba con dificultad circulando en paralelo al río Saane que, en dirección contraria, discurría desde las fuentes del Arplistock hasta morir en su homólogo el Aar, al sur de la ciudad de Berna.

   La situación empezaba a preocupar al experimentado conductor. Sabedor del peligro que aquella ventisca acarreaba y consciente de lo singular del pasaje, decidió aminorar aún más la marcha en pos de mayor seguridad.

   Un rápido vistazo a su derecha le sirvió para confirmar que la persona que había sentada en la primera fila de asientos compartía la misma inquietud.

El profesor Zehnder impartía clases en Le Rosey desde hacía casi veinte años. Por su aula había visto pasar a lo más granado de la aristocracia mundial. Ese era el motivo por el que Le Rosey estaba considerada como la escuela de los reyes, debido al alto porcentaje de miembros de la realeza que habían estudiado en sus instalaciones.

   Una norma que se cumplía a rajatabla era la de no permitir más de un diez por ciento de alumnos de un mismo país, lo que la hacía aún más exclusiva.

Tener bajo su responsabilidad a un grupo de adolescentes de entre trece y quince años, acostumbrados a obtener al momento sus caprichos y estar exentos de cualquier tipo de problema mundano, no hacía que la perspectiva de un accidente fuera una posibilidad a tener en cuenta.

   Pasados los primeros minutos de tensión, pudieron comprobar aliviados que la tormenta había amainado y el cielo volvía a despejarse, pero contra toda lógica, una espesa niebla se adueñó de la carretera impidiendo de nuevo la visibilidad.

   Reanudar la marcha en aquellas circunstancias era un verdadero suicidio, así es que el conductor se afanó en buscar algún recodo en la carretera donde detenerse.

   Por fortuna, cuando la niebla se hacía más densa, lo encontró.

   El lugar era perfecto. Sin necesidad de abandonar el asfalto, las medianeras se ensanchaban para permitir que un vehículo de sus dimensiones pudiera estacionar sin impedir el paso a otros.

   Con suma delicadeza giró el volante, encarando el autobús en la dirección necesaria para aparcar sin entorpecer el camino. Instantes después apagaba el motor a la espera de que aquella niebla se disipase.

  

Tanto él como el profesor, hubieran preferido llegar a las inmediaciones de Saanen para, desde allí, telefonear a la estación de esquí de Gstaad, donde seguro los esperarían con preocupación, pero tenían claro que habían tomado la decisión más coherente.

   La imprevista parada alteró el ánimo de los jóvenes estudiantes que ansiaban, después de una hora de viaje, llegar a su destino para disfrutar de los placeres invernales tras unas semanas de agotadoras clases. Aquello provocó que la algarabía fuera en aumento, y que el profesor se mostrara incapaz de poder aplacarla.

   Pasados unos minutos, la niebla empezó a rodear el autobús, impidiendo incluso la visibilidad a menos de un metro. La situación era totalmente inusual ya que en sus muchos años de experiencia transitando por aquellas montañas, jamás había observado un fenómeno meteorológico de semejantes características.

   Si no fuera porque aquel razonamiento era a todas luces inverosímil, hubiera pensado que la bruma pretendía atraparles en su interior.

   Hizo bien en no descartar de inmediato aquella impresión pues, con creciente angustia, pudo comprobar que la neblina se colaba por las rendijas de puertas y ventanas.

   De pronto todos los ruidos cesaron y él, con un repentino cansancio, trató de comprobar lo que estaba sucediendo.

   Lo primero que observó fue al profesor Zehnder que se había quedado dormido en su asiento. Extrañado por la aparente despreocupación en un hombre tan responsable, prosiguió con su escrutinio hasta cerciorarse del porqué de aquel repentino silencio: todos los estudiantes estaban inconscientes.

Poca cosa más pudo hacer ya que, lentamente, los párpados se le cerraban a pesar de su resistencia, porque un profundo sopor se adueñó de su cuerpo, y sucumbió al extraño y placentero letargo.

   Cuando despertó, necesitó de algunos segundos para asimilar lo que había sucedido. Comprobó que todo estaba inalterado, que todas sus pertenencias seguían intactas y que no se habían movido de aquella recóndita medianera.

   Poco a poco, el resto del pasaje fue despertando con síntomas de pesadez y con claros signos de somnolencia.

   Minutos después, el profesor procedió a hacer el recuento, comprobando aliviado, que estaban todos los alumnos que habían partido desde la localidad de Rolle y viendo que la niebla se había disipado, decidieron partir sin más demora.

   El aura de luz que desplegaba el amanecer, al filtrarse por entre las escarpadas montañas, confirmaba que habían permanecido dormidos como mínimo unas doce horas.

   Durante unos cuantos kilómetros los dos responsables no se dirigieron la palabra, tratando de asimilar lo que había sucedido, con la esperanza de que a aquel incidente no se le diera demasiada trascendencia.

   El hecho de que más de la mitad del cuerpo de policía de Gstaad les estuviera buscando, apremiados por la angustia de sus poderosos padres, no ayudaba mucho a cumplir aquel ingenuo anhelo.

 

 

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